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VIOLENCIA ESCOLAR
Autor: José Ramón Ayllón
Publicado en Expansión, Dic. 04
En cuestiones de disciplina escolar,
hay que reconocer que el patio está bastante revuelto, con noticias trágicas en primera página.
¿Qué está pasando? Los ensayos e informes más recientes sobre el mundo de los adolescentes
detectan un punto por donde nuestro sistema educativo hace agua: la falta de autoridad.
En ese diagnóstico son unánimes padres y profesores. Ni unos ni otros echan de menos el
autoritarismo de la violencia física o la humillación, sino el prestigio capaz de garantizar
un orden básico. Un orden que precisa información sobre lo que está bien y lo que está mal,
para que la norma de conducta no sea la ausencia de toda norma, el todo vale. En Los límites
de la educación, una magnífica radiografía de la LOGSE, Mercedes Ruiz Paz explica que la
autoridad supone transmitir la obligatoriedad de unas pautas y valores fundamentales, de
unos criterios que ayudarán a construir personalidades equilibradas, capaces de obrar con
libertad responsable. Sin embargo, lamenta que la moderna pedagogía nos esté enseñando,
con una didáctica demoledora, cómo la tolerancia ilimitada, la permisividad extrema y la
educación sin límites, garantizan la educación en y para la impunidad.
Todos entendemos que la primera
autoridad debe ejercerse y aprenderse en la familia. Y también tenemos claro que esto no
siempre sucede. En estos últimos años, muchos padres y profesores escamotean esta
responsabilidad tratando a sus hijos y alumnos de igual a igual, como coleguillas o
amiguetes, sin comprender que la educación no es ni debe ser una relación entre iguales.
Con los hijos, por poner un ejemplo, no se puede discutir la necesidad de atención médica,
y los padres son responsables de esa atención sin discusión. También suele ser equivocado
atribuir a la autoridad la posible infelicidad de un hijo o de un alumno. En realidad,
sucede lo contrario. Una correcta autoridad hace que el niño y el joven se sientan queridos
y seguros, pues notan que le importan a alguien. Por eso Mafalda odia la sopa y, al mismo
tiempo, ama a su madre. Los expertos en psicología infantil suelen explicar cómo padres y
profesores decepcionan al niño si le dejan hacer todo lo que quiere, entre otras cosas
porque su equivocada tolerancia hará del pequeño un pequeño tirano antipático. Esos
adultos desconocen que una armonía a base de todo tipo de concesiones se asienta sobre
un polvorín, como están demostrando los casos cada vez más frecuentes de violencia escolar.
Hemos superado los malos tiempos de la
letra, con sangre entra, pero el actual desprestigio de la autoridad evidencia que tendemos a caer
en el extremo opuesto. No comparto con Savater su coqueteo con el hedonismo ni su alergia hacia
la religión, pero aplaudo su reivindicación clara de la autoridad, que pone en solfa la pretensión
lúdica de tanta pedagogía moderna. Señala, en este sentido, que la actual crisis de autoridad se
alimenta del recelo ante la posibilidad de tener que ejercerla. Hemos olvidado que los niños son
educados para ser adultos, no para seguir siendo niños. Además -como estamos comprobando y
lamentando-, "cuando los adultos responsables no ejercen su autoridad, lo que reina no es la
anarquía fraternal sino el despotismo de los cabecillas". Muchos níños y jóvenes lo están
sufriendo en sus carnes.
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