|

GENÉTICA Y HOMOSEXUALIDAD
Autor: José Ramón Ayllón
Publicado en Expansión, Dic. 04
Por un elemental respeto
al lenguaje, sobre el que se fundamenta la posibilidad de comunicación inteligente,
la humanidad ha solido llamar al pan pan, al vino vino, y matrimonio a la unión
conyugal de un hombre y una mujer. También es verdad que siempre han existido
Quijotes que han llamado gigantes a los molinos, castillos a las posadas, y castas
doncellas a las mozas de partido. Hoy, una moderna escuela quijotesca se empeña en
llamar matrimonio a la unión homosexual, en contra de la evidencia más irrefutable:
los homosexuales tendrían derecho a engendrar hijos si pudieran fecundarse, pero es
la biología quien les niega esa posibilidad. Las leyes y las religiones no imponen
nada en este asunto, se limitan a subrayar el orden biológico, pues otra cosa sería
un serio desorden. Por eso, si los homosexuales quieren ser tratados como los demás,
tendrán que empezar haciendo lo que suelen hacer los demás: respetar la realidad y
llamar a las cosas por su nombre. Claro que pueden llamar a lo blanco negro, pero
así solo conseguirán engañar a unos pocos, cansar a la mayoría y estrellarse contra
un muro.
La citada escuela quiere
hacernos creer que el matrimonio es pura convención, regulada por el Derecho para
dar un barniz de honorabilidad a las relaciones sexuales estables entre adultos.
Pero la verdad es que, en todo tiempo y lugar -desde Altamira al siglo XXI-, se ha
protegido esa unión por estar directamente asociada al origen de la vida y a la
supervivencia de la especie, por ser la institución que más riqueza humana, lazos
de solidaridad y calidad de vida nos aporta. Equiparar las uniones homosexuales al
matrimonio vendría a ser como conceder subvenciones por creación de empleo a los
ancianos de un asilo, como otorgar ayudas por discapacidad a los medallistas olímpicos.
Así crearíamos un mundo muy igualitario, nadie lo duda, pero sería tan igualitario como
injusto y absurdo. Además, la introducción artificial -por reproducción asistida o
adopción- de un niño en la casa de dos homosexuales, ni convierte a éstos en matrimonio
ni a los tres en familia. Dos homosexuales pueden ser dos buenos padres, pero nunca
serán una madre, ni buena ni mala; dos lesbianas pueden ser dos buenas madres, pero
nunca serán un padre, ni bueno ni malo. "No deseo a ningún niño lo que no he deseado
para mí misma", dice Alejandra Vallejo-Nágera. Y añade: "Me gusta, siempre me ha gustado,
tener un padre y una madre. Cualquier otra combinación de progenitores me parece
incompleta e imperfecta".
Más que un tema jurídico o
religioso, más que una cuestión de tolerancia o libertad, más que un asunto progresista
o retrógrado, de derechas o izquierdas, nos encontramos ante un problema básicamente
genético. Se podrá opinar lo que se quiera, pero lo que tú y yo opinemos es irrelevante
cuando los genes tienen la última palabra, y cuando ese orden natural tiene serias
repercusiones psicológicas, emocionales y educativas. El presidente de la Asociación
Mundial de Psiquiatría ha señalado que un niño "paternizado" por una pareja homosexual
entrará necesariamente en conflicto con otros niños, se comportará psicológicamente
como un niño en lucha constante con su entorno y con los demás, creará frustración y
agresividad. Una vez más, con la naturaleza hemos topado.
|