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Una reforma para mejor,
pero muy insuficiente
NOTA DEL COMITÉ
EJECUTIVO DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA
Madrid, 25 de julio de 2003
El Gobierno ha
decidido proceder a la reforma de la vigente ley Sobre Técnicas de
Reproducción Asistida (35/1988). Ante los datos de los que disponemos en
este momento, deseamos hacer las siguientes observaciones al
respecto.
1. La Conferencia Episcopal
Española ha denunciado en varias ocasiones la Ley de Reproducción de 1988 como una
ley injusta. A su amparo se viola el derecho de los hijos a ser engendrados en el
acto fecundo de donación interpersonal de los padres y se les trata como si
fueran objetos de producción, lesionando así su dignidad de personas.
Además, a su amparo se producen miles de embriones llamados "sobrantes"
que son congelados y condenados a un destino incierto; se llevan a cabo
prácticas eugenésicas y abortivas, como la llamada "reducción
embrionaria"; se alteran las relaciones familiares acudiendo a donantes
de gametos ajenos al matrimonio e incluso se condena a los niños a nacer
sin familia, ya que permite que sea una persona sola la que los encargue
al laboratorio; y se niega a muchos hijos el conocer a sus padres, pues
se establece el anonimato de los donantes de gametos.
2. Una ley
tan gravemente injusta como la de Técnicas de Reproducción Asistida de
1988 está pidiendo una reforma a fondo. Según la doctrina moral católica
y la ley natural, dicha reforma debería inspirarse en el principio de
que la ciencia ha de ponerse al servicio de la salud y de la integridad
física y espiritual de las personas, sin ser utilizada nunca para
disponer medios que suplanten la relación interpersonal de procreación
por una relación técnica de producción de seres humanos.
Desgraciadamente, la reforma que el Gobierno piensa realizar es
insatisfactoria, pues no responde a tal principio. De modo que la ley
reformada seguirá siendo injusta, porque continuará haciendo legalmente
posible la producción de seres humanos y muchos de los males que
acabamos de mencionar.
3. Sin embargo, la reforma
proyectada limitaría los daños que se están causando al amparo de la vigente ley
de 1988 y, en este sentido, aunque muy insuficiente, tal reforma no resulta
rechazable sin más. Se prevén, en efecto, algunas medidas que suponen
avances en el buen camino, como las siguientes: la limitación del número
fecundaciones y de transferencias en cada ciclo; la prohibición de la
reducción embrionaria; la asunción de responsabilidad por parte de los
progenitores respecto de sus embriones congelados y la exclusión expresa
de la utilización de estos embriones con otro fin distinto que el de la
reproducción.
4. La reforma establece
también disposiciones encaminadas a resolver el gravísimo problema del destino que
se haya de dar a los embriones congelados existentes hasta ahora. La Conferencia
Episcopal ha reiterado los principios de la doctrina católica respecto
del trato que merecen los embriones humanos a través de una Nota de la
Subcomisión Episcopal para la Defensa de la Familia y de la Vida
publicada en el pasado mes de diciembre. El embrión humano merece el
respeto debido a la persona humana. No es una cosa ni un mero agregado
de células vivas, sino el primer estadio de la existencia de un ser
humano. Todos hemos sido también embriones. Por tanto, no es lícito
quitarles la vida ni hacer nada con ellos que no sea en su propio
beneficio. Se habla de "preembriones" para sugerir que en los catorce
días posteriores a la fecundación no existiría todavía más que una
realidad prehumana que no merecería el respeto debido a los seres
humanos. Pero esta ficción lingüística oculta el hecho de la continuidad
fundamental que se da en las diversas fases del desarrollo del nuevo
cuerpo humano. Donde hay un cuerpo humano vivo, aunque sea incipiente,
hay persona humana y, por tanto, dignidad humana inviolable.
5. De estos principios
se deriva la ilicitud moral de posibles investigaciones realizadas sobre embriones
humanos que les produjeran daño o les causaran la muerte. Según nuestros datos, la
Ley proyectada ni autoriza ni prohíbe expresamente que los embriones congelados
actualmente existentes sean empleados en tales investigaciones, que serían
condenables desde el punto de vista moral. Es necesaria una mayor precisión a este
respecto.
6. Mantener congelados
embriones humanos es una situación abusiva contra esas vidas que puede ser
comparada al ensañamiento terapéutico. Proceder a la descongelación es
poner fin a tal abuso y permitir que la naturaleza siga su curso, es
decir, que se produzca la muerte. Dejar morir en paz no es lo mismo que
matar. La suspensión de la congelación no debe hacerse de modo que se
convierta en causa directa de la muerte de los embriones, ni puede ir
acompañada de ninguna otra acción causante de la muerte. Por otro lado
es obvio que, tal y como dispone el proyecto de reforma, no ha de
permitirse la reanimación de los embriones para hacer de ellos objetos
de investigación nociva o letal. Naturalmente, lo bueno sería que no se
hubiera dado nunca la acumulación de embriones congelados y que no
hubiera que decidir ahora sobre su descongelación y sobre su destino,
algo que no dejará de ser, en el mejor de los casos, un mal menor. Por
eso, es necesario evitar que vuelva a producirse una nueva acumulación
de embriones congelados.
7. Los embriones que han
muerto, al ser descongelados en las circunstancias mencionadas, podrían ser
considerados como "donantes" de sus células, que entonces podrían ser
empleadas para la investigación en el marco de un estricto control,
semejante al que se establece para la utilización de órganos o tejidos
procedentes de personas fallecidas que los han donado con este fin.
8. Se aprecia en el
proyecto de reforma una voluntad de aminorar los males producidos por una
legislación gravemente injusta, pero será necesario avanzar más aún por este
camino. Para ello es imprescindible profundizar en el conocimiento de los
principios antropológicos y morales que la Iglesia propone, iluminando el
discernimiento de la recta razón en estas cuestiones, a menudo insuficientemente
comprendidas. Están en juego derechos humanos tan fundamentales como el derecho a
la vida y los derechos de la familia. La ciencia y la técnica deben ponerse
al servicio de las personas y de la convivencia en justicia y
libertad.
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